La vida y la muerte. Integrando la muerte como proceso natural de la vida.

La psicóloga y terapeuta familiar Verónica Gazmuri invita a pensar cómo vivir plenamente amando y disfrutando la vida sabiendo que las personas que más queremos, o nosotros mismos, podemos morir. Ella plantea que las personas que han vivido una buena vida, se han proyectado en otros y han dejado como herencia sabios ejemplos a través de su vida, mueren en paz y se los recuerda con gratitud.

Verónica GazmuriLa muerte es quizá el mayor misterio y el dolor más grande y desgarrador que experimentamos en el paso por esta vida.

¿Cómo confiar y vivir plenamente amando y disfrutando la vida aún sabiendo que en cualquier momento, las personas que más queremos, o nosotros mismos, podemos morir? Porque cuando alguien muy querido muere, para bien o para mal la vida cambia, sufrimos una pérdida, queda un vacío, algo de nosotros mismos también se va.

La muerte es el tema fundamental con el que debemos lidiar a lo largo de la vida. La pérdida está permanentemente presente en el devenir de nuestra existencia. La vida y la muerte van unidas.

Está en la esencia del ser humano la capacidad de establecer vínculos afectivos amorosos desde el momento en que se nace, un niño abandonado muere muy pronto. Nacemos totalmente dependientes y vulnerables, al mismo tiempo, nacemos con todos los recursos necesarios para despertar en los padres, o en las personas cercanas, ese afecto que lleva a cuidar al recién nacido y proveerle todo lo que necesita para vivir: protección y seguridad con un amor incondicional. Los seres humanos tendemos a establecer fuertes lazos emocionales con otras personas y cuando esos lazos se ven amenazados o se rompen reaccionamos con angustia y temor a la muerte. Sentimos la vida amenazada. Sin embargo, la pérdida es inevitable desde el inicio de la vida. Todos nos vamos a enfrentar a la muerte, nuestros seres queridos se van a morir, eso lo sabemos, pero no sabemos cuándo ni cómo, y eso nos permite negar ese hecho y vivir con entusiasmo y alegría. Es necesario no tenerlo permanentemente presente. Dice Irvin D. Yalom, psiquiatra, citando a Francois de La Rochefoucauld
"Ni el sol ni la muerte se pueden mirar de frente". Pero eso no significa que hagamos de la muerte un tema tabú.

Tememos a la muerte, niños, jóvenes y adultos. En algunos este temor se manifiesta en forma directa y en otros como una inquietud generalizada o a través de otros síntomas psicológicos. Al mismo tiempo, vivimos un tiempo de desarrollo científico y tecnológico que culturalmente nos hace creer que todo es posible, que el hombre controla la naturaleza, que tenemos el conocimiento para vencer la enfermedad y la muerte. El mensaje que se trasmite es que si trabajamos duro y hacemos las cosas bien, todo es posible, "lo quieres, lo tienes". Negamos la incertidumbre de la vida y nuestra vulnerabilidad.

Sin embargo, cuando alguien cercano muere, esa muerte nos enfrenta a la fragilidad de la vida, a sentimientos de impotencia, de culpa, de rabia y desesperación, nos muestra que no controlamos lo que más nos importa, la vida. Esto genera mucha angustia y se desarrollan mecanismos de evitación que hace que no aparezca este tema en nuestra conciencia. Pero la evitación no puede ser permanente, tenemos que hablar de la muerte en forma sencilla y directa, tenemos que aprender a enfrentarnos a ella.

Los niños pequeños hablan de la muerte, sueñan que se mueren y lo cuentan, preguntan, expresan sus temores, habitualmente los adultos no los escuchamos, evitamos el tema intentando tranquilizarlos, o tranquilizarnos tal vez. Así, la muerte se va convirtiendo en algo de lo que no se habla, intentamos negar esa realidad. Las personas mayores, o las personas cuando están enfermas, muchas veces desean hablar de la muerte, quieren hacer preguntas, expresar sus temores, inquietudes o deseos. Desean despedirse, desean muchas veces contar cosas que nunca han contado, revelar secretos, liberarse de cuentas emocionales pendientes, y sentir que se van tranquilos. Perdonar o ser perdonados, dejar encargos. O simplemente quieren hablar del tema, ya que es lo más importante que les está ocurriendo, sienten que la muerte está cerca y no lo quieren negar. Los amigos y familiares que los acompañan suelen esquivar el tema. Tal vez porque en la mayoría de las personas, y especialmente en los niños y jóvenes, frente a una muerte cercana se recrudecen los temores a la propia muerte, temor que siempre está ahí y que naturalmente mantenemos a raya.

Puede ser muy duro, muy triste, pero también muy enriquecedor si logramos escuchar y acompañar a alguien en su angustia y su pena en los momentos cercanos a su muerte. Es gratificante sentir que hacemos lo posible por ayudar a esa persona a cumplir sus deseos antes de morir.

De un modo u otro, todas las muertes son dolorosas. Sin embargo hay muertes "naturales", propias del ciclo evolutivo del ser humano y por tanto esperadas. Los ancianos van muriendo y van naciendo los niños. Lo más probable es que nuestros padres mueran antes que nosotros, es frecuente que a un niño se le muera un abuelo o una abuela, estas son oportunidades para acercarnos a ellos, conversar de la muerte e incluirlos en los rituales de la familia. Así, pueden ir integrando este lado doloroso de la vida como algo natural e inevitable.

Pero también hay muertes no evolutivas, muertes accidentales, no esperadas en el ciclo natural del ser humano: no esperamos que muera un niño o un joven, no esperamos que muera el hijo antes de los padres. En estas situaciones es especialmente difícil aceptar la muerte y elaborar el duelo.

Cuando alguien cercano muere, perdemos algo de nosotros mismos, también aprendemos mucho de nosotros mismos y de los demás. La pérdida de una persona es fuente de mucho dolor y también puede ser fuente de mucho crecimiento personal. Son momentos en que se juega la vida, elegimos morir con el muerto o elegimos vivir, nos alejamos de los demás o nos acercamos a los que nos rodean y nos dejamos consolar y acompañar por los que nos quieren y están ahí. Todo este penoso proceso emocional hace parte de la aceptación de la muerte y la necesaria elaboración del duelo.

También cuando somos afectados por la muerte de una persona significativa solemos enfrentarnos de lleno con los valores que orientan nuestra vida y con nuestras creencias acerca de la muerte y de la vida después de la muerte. Podemos volver a mirar lo que es esencial en la vida, darnos un tiempo para escuchar nuestra voz interior y buscar, reconocer, lo que nos da el verdadero sentido, los valores más profundos en los que queremos vivir.
Es en esos momentos cuando reflexionamos, ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Qué significa morir? ¿Cómo nos preparamos para nuestra muerte? ¿Hay otras formas de vida después de la muerte?

Esta última pregunta ha inquietado al hombre desde siempre y se relaciona estrechamente con sus creencias y también con sus experiencias cercanas a la muerte, porque, en forma definitiva, no lo sabremos hasta el momento de nuestra propia muerte.

Aquí entramos en el campo de las ideologías personales, de las creencias espirituales y religiosas, de las experiencias sufridas, de lo que hemos aprendido en la cultura en que vivimos. Algunos ya están hablando de conocimiento "científico" acerca de la muerte, de investigaciones que comprueban que la muerte no existe, que es sólo un cambio hacia otro estado. Otros señalan que esa postura sólo indica nuestra dificultad para aceptar el hecho inevitable de la muerte. En todo caso, cada día se abre más un horizonte de interés y estudio muy fascinante. La ya famosa autora acerca de la vida y la muerte, Elisabeth Kubler Ross, señala que hay evidencia científica: ha estudiado 2.000 relatos de personas clínicamente muertas que han vuelto a la vida y le han contado su experiencia. Son personas de diversas culturas y edades, desde niños hasta ancianos, y ella señala que sus relatos son increíblemente similares, esto le hace afirmar que existe otra vida, otra dimensión de la vida, otro espacio, desde donde las almas muchas veces se comunican con nosotros.
Las personas religiosas que creen en la vida eterna, en una vida en que nos unimos a Dios y en la que nos volveremos a encontrar con todos nuestros seres queridos, suelen sentir un mayor consuelo y aceptación, especialmente si la muerte ocurre en el ciclo natural de la vida. Hay una esperanza que da sentido a la muerte y abre otro horizonte.

Pero la muerte, el dejar de existir como ser humano, la pérdida permanente de personas que nos han acompañado en nuestra vida en "cuerpo y alma" es un hecho doloroso e innegable, aún cuando podamos creer que existe vida después de la muerte humana.

Nos enfrentamos a que este hecho cambia nuestra propia vida, ya no somos los mismos sin el otro, el sufrimiento a raíz de la muerte provoca un gran dolor emocional: una tristeza enorme por lo que perdimos, por lo que sentimos que nos quitaron, por lo que nos hace falta, también hay también sentimientos de rabia y culpa, necesidad de reparación, de asuntos que sentimos que no alcanzamos a terminar.

Las experiencias de duelo nos pueden ayudar a crecer, a ser mejores personas después de haber atravesado el dolor, a ocupar otros roles, a que ocurran cambios positivos en la familia, a continuar la vida renovando los vínculos afectivos y unirnos más a los que queremos. Pero también puede ser una experiencia de destrucción, de deterioro, cuando la tristeza y la rabia o el ensimismamiento, nos impide conectarnos con los demás y nos vuelven personas poco queribles, resentidas, ausentes, mal genio.

Cuando se sufre una pérdida, todos necesitamos que nos acompañen en nuestro dolor, que nos permitan hablar, llorar o no llorar, estar triste mucho tiempo, también olvidarse del dolor y reír con los vivos, en fin, necesitamos que acepten nuestra forma de vivir el duelo, necesitamos un tiempo y un espacio para volver a encontrarle sentido a la vida.
Sin embargo, también tenemos que decir que es muy difícil vivir con una persona "inconsolable" durante años.
Así, el proceso de duelo después de una muerte cercana cobra una importancia vital.

Las cuatro tareas del duelo.

Una manera de ver el proceso de elaboración del duelo es ponerlo en términos de tareas emocionales que hay que realizar. Lo valioso de esta mirada es que la persona puede asumir una postura más activa en esta crisis que significa la muerte y ver en ella la oportunidad de un crecimiento personal y familiar.

La primera de estas tareas es aceptar la realidad de la pérdida, la persona se ha ido y no volverá.

Cuando alguien muere, incluso si es lo que estamos esperando, al principio siempre hay una sensación de irrealidad, "esto no puede ser verdad". En los primeros momentos convive la realidad y la fantasía, parece que todo es un sueño, uno se despertará y nada habrá pasado.
Hay una conducta de búsqueda, hay un fuerte deseo de volver a encontrarse, puede que se vaya a los lugares que frecuentaba, cuando se divisa en la calle alguien semejante, salta el corazón sintiendo que es la persona amada. Es difícil aceptar el cambio que significa en nuestra vida la ausencia del que ha muerto. Dan ganas de llamarla, en las rutinas habituales se "olvida", por ejemplo, que la madre ha muerto y la hija toma inconscientemente el teléfono para llamarla, como lo ha hecho por muchos años.

Tuve la oportunidad de trabajar con una familia que había perdido recientemente un hijo de 8 años en un accidente en la calle, mientras jugaba con su hermano menor, de 5años. El niño murió en forma instantánea al ser atropellado por un camión, al acercarse, los vecinos encontraron al más pequeño llorando y gritando por su hermano. Unos meses después, la madre consulta muy preocupada porque siente que el niño está muy raro, mentiroso, desobediente y siempre enojado. Se arranca a la calle, lo que naturalmente tiene prohibido; dice que su hermano lo está llamando para jugar, él lo ve y va a conversar con él. Lo confrontan con la realidad diciéndole que eso no es posible porque está muerto, él insiste que lo viene a ver a él, los otros no lo pueden ver porque se esconde, dice. Está muy enojado y triste porque no le creen.

A veces, en momentos de mucho dolor o de mucha soledad nuestra percepción aumenta y podemos reconocer la presencia de algún ser querido que ha muerto, no tenemos que asustarnos ni creer que estamos locos, puede suceder. En los niños esta percepción abierta a otras dimensiones de la experiencia es más frecuente que en los adultos.
Es frecuente que las personas hablemos con nuestros muertos, le pidamos consejos, pensemos lo que nos habrían dicho, su voz está con nosotros, podemos escucharla en nuestro interior. Cuando rezamos por la noche podemos llamarlos para que nos acompañen y nos ayuden.

Después que en una familia alguien muere, al principio suele conservarse la casa tal como estaba, su pieza, la cama, la ropa y objetos de la persona muerta, esto es natural un tiempo y tiene que ver con el proceso de acostumbrarse a su ausencia. Cuando ya ha pasado un tiempo y la casa no se readecua, esto se convierte en una negación de la pérdida. Lo opuesto, deshacerse rápidamente de todo lo que recuerde a la persona muerta, también puede ser una forma de evitar enfrentar la realidad, una manera de negar el significado que tiene en nuestra vida esta pérdida, lo que nos puede impedir volver a tener relaciones profundas y felices con otros que están cerca y vivos. Las personas pueden quedarse muy solas.
La creencia y la incredulidad son intermitentes mientras se está procesando la realidad de la muerte.

Los diversos rituales funerarios dan un espacio a la despedida y participar en ellos ayuda a aceptar la realidad. La reunión de familiares y amigos en estas ceremonias son sanadoras en tanto sentimos la presencia de las personas que nos siguen acompañando y profundizamos los vínculos afectivos con ellas.

Cuando muere alguien de la familia es necesario incluir a los niños, de todas las edades, en las actividades y las ceremonias. Si los niños son muy pequeños habrá algunos momentos en que ellos no participen. A veces los padres pueden estar tan afectados que no les es posible ocuparse de sus hijos, en estas situaciones otra persona cercana a ellos puede acogerlos y estar con ellos, sin sacarlos de su casa.
La soledad y los sentimientos de exclusión sólo aumentan el dolor, un dolor solitario es mucho más dolor. En los momentos tristes, "pasar juntos la pena", estrecha la relación con los otros, un dolor acompañado puede ser menos doloroso. Suele ocurrir que cuando en los momentos más tristes las personas se alejan, algo en la relación se rompe y después es difícil de recuperar. "Cuando más te necesité no estuviste", es un recriminación muy frecuente en las parejas. Cuando con su muerte hemos perdido a alguien muy querido, lo que más necesitamos es afirmar los vínculos amorosos con los otros.

Cuando la muerte es repentina, cuando ocurre en otro lugar y no se ha podido estar presente en la despedida, es más difícil aceptar la realidad, se aumenta la sensación de poder volver a encontrarse con la persona. Esto es especialmente difícil y doloroso cuando la persona se da por muerta porque ha desaparecido y nunca se encontró el cuerpo.
Aceptar la realidad de la muerte requiere un tiempo porque implica no sólo la aceptación intelectual sino sobre todo, la aceptación emocional.

Una segunda tarea, que se va sobreponiendo con la aceptación, es trabajar las emociones y el dolor de la pérdida.

Es imposible perder a alguien con quién hemos estado profundamente vinculados y no sentir dolor, dolor emocional que se siente también como un dolor físico. Nos duele el corazón, nos duele todo el cuerpo, nos duele el alma.
Alivia mucho permitirse dar rienda suelta al dolor: sentirlo y saber que un día pasará. Un dolor compartido es un poco menos dolor, un dolor expresado encuentra consuelo. Es necesario reconocer y elaborar los sentimientos que nos desencadena la pérdida, de lo contrario el dolor se manifestará más adelante en diversos síntomas o problemas para establecer relaciones profundas con otros.
Nuestra sociedad muchas veces dificulta el proceso de duelo, se tolera poco que las personas estén tristes, no se sabe cómo acompañar en la pena. Un amigo cree que el deudo necesita que lo distraiga, que lo entretenga, sin embargo la mayoría de las veces no es así. Por el contrario, en el momento de la muerte se intensifica el lazo con la persona perdida, está más presente que nunca y lo que queremos es recordar, no olvidar. Queremos hablar acerca de la muerte, de la vida de la persona con nosotros, de los buenos momentos que compartimos. Porque los buenos momentos vividos dejan buenos recuerdos que alimentan el alma y son eternos. Queremos escuchar relatos de los otros que también los conocieron.
También puede que necesitemos hablar de las dificultades que hubiéramos querido evitar, aliviarnos de las culpas que podemos sentir, de lo que nos dejó, de lo que nos faltó entregarle, habitualmente quedamos con la sensación de grandes o pequeñas deudas y también de lo que siempre quedará con nosotros. Cada persona querrá conversar de algo especial. Un buen amigo se hace más amigo cuando en estos momentos puede acompañar escuchando y ayudando al otro a expresarse afectivamente. Salir a dar un paseo al parque y conversar.
Todas las emociones y sentimientos son válidos en esta situación, la pena y la tristeza que nos invade con la muerte, la rabia por el abandono sentido, la calma cuando la muerte se siente como descanso para el otro y para sí mismo, la rebelión y la furia de una muerte prematura, la culpa por lo que se siente que se hizo mal y por lo que no se hizo. El temor al vacío que deja la persona, el temor a la propia muerte. El amor y el cariño por los que están con nosotros en estos momentos.

En algunas personas se produce un bloqueo de los sentimientos "no puedo llorar", generalmente es vivido como algo extraño, no como algo deseado.
Cada persona experimenta el dolor de diferentes maneras y en distinto grado, según sus características y según el significado de la pérdida, pero todas necesitan expresarlo de algún modo.
Todos necesitamos abrazar, conversar y llorar juntos.

La tercera tarea a la que nos enfrentamos tiene que ver con adaptarse a una vida en que el fallecido está ausente.
Cuando recién acontece la muerte, el tiempo se detiene, la vida para y no imaginamos como se puede seguir viviendo, cómo afuera todo sigue igual y a nosotros nos ha cambiado la vida. Todo lo que estábamos haciendo se vuelve irrelevante, las tareas, los compromisos, los proyectos quedan en espera. La vida se desorganiza, la persona no sabe cómo volver a las rutinas habituales.
Hay muertes que desafían y cambian fuertemente el sentido del sí mismo, por ejemplo, cuando mueren los padres y la persona pasa a la otra generación, ya no cuenta con el apoyo que sentía de los mayores, aún cuando éste fuera ilusorio.
Muchas veces las personas tienen que aprender nuevas formas de vivir la vida, para algunos esto puede ser un gran beneficio, para otras una importante pérdida. Por ejemplo, cuando muere un padre ya mayor que en la familia fue muy central, muy activo y dominante, otros pueden tener la oportunidad de desplegar sus propios recursos y sentir que se enriquece en su nueva vida, se da cuenta que le gusta tener un rol más activo o más protagonista. Por el contrario, cuando muere el padre de una familia joven y queda la mujer sola con los hijos, ella puede sentirse muy desamparada. Uno no es tan consiente de todos los roles, de todos los espacios que el otro ocupaba y todas las situaciones en las que su presencia era importante. Una mujer viuda tiene que desempeñar roles, desarrollar habilidades que antes no eran tan necesarias. En un sentido práctico y también afectivo el lugar que ocupaba el marido y el padre queda vacío.
Es importante sentirse bien al asumir nuevos roles y encontrar sentido a la vida después de la pérdida. Nunca alguien reemplaza a otro, ese lugar propio y único en la vida y en el corazón permanece ahí.

La cuarta tarea del duelo implica ubicar emocionalmente a la persona muerta y continuar viviendo.
Casi todas las personas siguen viviendo después de la muerte de un ser querido, algunos no lo pueden superar y mueren con ellos. Es frecuente en matrimonios de personas mayores que han vivido muchos años juntos, y no pueden, o no quieren, seguir viviendo sin el otro.
A veces la muerte de una persona puede dar el espacio necesario para que nos ocupemos de otro. Puede haber épocas en la vida en que una mujer cuida mucho tiempo a su padre o a su madre enferma y su muerte le permite dar a sus hijos la atención que estaban requiriendo.
La energía emocional, la fuerza del vínculo amoroso con la persona perdida se "recoge", se devuelve al sí mismo y se puede dirigir a otras personas, a otros proyectos. Los recuerdos de una relación significativa permanecen y conviven con uno para siempre. No sólo los recuerdos, de alguna manera la persona vive en nosotros si ha sido importante y ha dejado huella.

Los niños pequeños sufren cuando se dan cuenta que no recuerdan el rostro de su madre o padre que ha muerto. La tarea de mantener vivo el recuerdo de su padre-madre puede ser muy importante en el crecimiento y en la autoestima de un niño. Ellos hacen parte de su identidad.

Un padre continúa en su interior su relación con su hijo muerto, lo recuerda, piensa en él, le conversa en momentos especiales, pero puede hacerlo de manera que le permita continuar con su vida y relacionarse positivamente con sus otros hijos. Ese hijo nunca será olvidado ni reemplazado, pero el padre puede continuar su vida y ser feliz.

Con cada pérdida que experimentamos hay un cambio en nuestra vida y también un crecimiento emocional y vital si el duelo se elabora positivamente. Se va recuperando el interés por la vida, vuelve a surgir la esperanza, vuelve a surgir la alegría y aparecen de nuevo los colores, volvemos a valorar los vínculos con los que nos rodean como lo más preciado que tenemos.
El proceso de duelo es la aceptación de la ausencia del ser querido, no el olvido sino la integración de éste en una dimensión emocional que es importante pero que deja espacio a los vínculos con otros.
Hay dolores que nos acompañan toda la vida, nos acompañan pero también nos dejan vivir y disfrutar.
El proceso de duelo se entorpece en esta etapa si se mantiene un apego al pasado en lugar de animarse a construir y afirmar vínculos significativos con las personas y con los proyectos vitales actuales.

"El ciclo de la vida es simple y profundo", dice en un relato infantil, la abuela dinosaurio a su nieto pequeño cuando su abuelo está agonizando. "Tu abuelo ha vivido una larga vida y ha sido muy buena, es su hora de morir". El niño dinosaurio quiere mucho a su abuelo y no se conforma, junta a sus amigos y van en busca de la flor amarilla que puede salvar al abuelo. Siempre podemos hacer algo cuando alguien está muriendo, muchas veces no es posible la curación pero si es posible acompañarlo y ayudarlo a "morir bien", tal vez a revivir y valorar lo que ha vivido y dejarlo ir, a lograr lo que los budistas llaman el desapego y así abandonar el cuerpo y trascender la vida terrenal.
Podemos conversar con ellos recuperando hermosos recuerdos, releer cartas significativas, mirar viejas fotos.

Si se deja huella, la vida gana sentido. Las personas que han vivido una buena vida, se han proyectado en otros, han dejado como herencia sabios ejemplos a través de su vida, mueren en paz y se los recuerda con gratitud.

Nuestra propia vida vuelve a tener sentido y podemos vivirla con amor, alegría y plenitud.

 

 

 

 

Bibliografía de referencia.
Kubler-Ross, Elisabeth (1987). La Muerte: Un Amanecer.
Ed.Luciérnaga.Barcelona.
Kubler-Ross, Elisabeth (1997).La Rueda de la Vida.
Ed. Grupo Z Barcelona
Yalom, Irvin (2008). "Mirar al sol". La superación del miedo a la muerte. Ed.Emece.Bs.As.Argentina.
Worden, J. William (1997) El Tratamiento del Duelo: asesoramiento psicológico y terapia. Ed. Paidos. Barcelona. 

Fuente
Fecha de publicación: 
09/29/2011
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